martes, 27 de mayo de 2014

EL TRABAJO Y SUS NOMBRES


       El TRABAJO Y SUS NOMBRES

              Hace más de dos mil setecientos años que el historiador y poeta griego Hesíodo escribió una obra titulada Los trabajos y los días, un poema de ochocientos versos en los que se hacía una curiosa apología del trabajo como un bien al que todos debemos aspirar, y, al contrario que la visión del Viejo Testamento, donde se lo ve como un castigo divino por haber desobedecido a Dios y se condena al hombre a “ganar el pan con el sudor de tu frente”, en el autor heleno se presenta como un medio poco menos que indispensable para realizarse como persona y, en consecuencia, como algo  que todo ser humano debe anhelar. Han transcurrido muchos siglos desde entonces y me temo que, por desgracia, la visión que ha prevalecido hoy en día es la que alentaba la Biblia, frente a la más conciliadora del antiguo poeta griego, que no en vano escribió su obra en medio de una profunda crisis agraria que llevó a la búsqueda de nuevas tierras para colonizar.
             Si miramos en nuestro presente, a quienes nos acercamos con más pena que gloria a los cincuenta, y esta proximidad nos pilla sin trabajo o en uno de esos estadios intermedios que si no son falta de trabajo lo parecen mucho, y que habría que estudiar con detalle en otra ocasión, la verdad (“prejubilado”, “jubilado” y a este paso hasta “postjubilado”), empezamos a pensar en toda la palabrería que nos rodea sobre este tema. En efecto, como uno ha sido a fin de cuentas profesor no puede evitar repensar en el vocabulario que se emplea en los medios de comunicación al respecto. Y si repasamos los términos que se usan para denominarlos, lo primero que podemos hallar es la expresión “parados de larga duración”, que puede parecer suena  bastante neutra, ciertamente, pero no lo es tanto otro sintagma más preocupante, como es el de “desempleados mayores de cincuenta años”. Primer encontronazo con el eufemismo, sobre todo si consideramos cómo nuestra sociedad prima descaradamente a los jóvenes –basta ver la publicidad, el cine, las series de televisión y tantas otras formas de representación de nuestra propia sociedad -, si bien eso en España no casa muy bien con el escalofriante número de jóvenes sin empleo, pero al menos no parecen estar haciéndolos desaparecer de forma terrible como a los que sobrepasan cierta edad.
         El problema se agrava ya considerablemente al llegar a expresiones como “parados de difícil reinserción”, que siempre me ha sonado como si hubiéramos estado en la cárcel o en algún lugar donde se nos recluyó para evitar que fuésemos una amenaza para la sociedad. Pero ¿y qué decir de  “yacimientos o nichos de empleo”, que asemeja el trabajo poco menos que a algo desaparecido con los dinosaurios o, lo que es todavía peor, con un cementerio? ¿Quién demonios ha sido la mente brillante que parió semejantes expresiones, por Dios? Últimamente, por si todo lo anterior no fuera bastante, he oído “lanzaderas de empleo”, que debe ser el cambio del pasado que suponía todo lo anterior por el resplandeciente futuro, por aquello de asociarlo a conceptos como “lanzaderas de cohetes o misiles”, tal vez de naves espaciales, que parece menos belicoso; en otras palabras, el trabajo ya no pertenece al presente, es algo o del pasado más remoto o del futuro al que quizás nunca lleguemos. Para la metáfora de “caladeros de empleo” casi no tengo palabras, porque sitúa a los parados en posición de embarcarse para viajar a mar abierto y bucear en lo profundo del océano; en definitiva, el trabajo está en la prehistoria, en el espacio o en fondo del mar, pero en la tierra ya no. Ni en el tiempo ni en el espacio reales existe un lugar para él.
            Lo más curioso del caso es que si nos hubiéramos preguntado no hace tantos años qué pensábamos que  podíamos esperar respecto al futuro del trabajo en nuestro planeta, casi nadie habría dibujado un panorama tan desolador como el que nos rodea en estos momentos. Si alguien cree que no es así, le remito a los comentarios de cualificados sociólogos, politólogos e intelectuales de todo pelaje expresados en todos los periódicos, revistas y programas televisivos habidos y por haber. A lo mejor era muy difícil ver la crisis en la que nos encontramos, a lo mejor no interesaba reconocerla visto lo bien que les venía a unos más que otros, a lo mejor no quisimos escuchar a la escasas voces que, como mínimo desde hace diez años, iban anunciando que las cosas podían volverse muy negras si no tomábamos medidas.
             Si alguien quiere tomarse la molestia de intentar comprender lo que ha sido el trabajo en las últimas décadas siempre puede leer los libros de Richard Sennett, los de Tony Judt o el último de Owen Jones, y tal vez de este modo seamos capaces de entender los muchos errores que se han cometido, quienes no tomaron decisiones que podían haber evitado el desastre y acaso las razones para no volver a caer en ellos nunca. Es posible que de ese modo llegáramos a ese desiderátum que defendía otro historiador griego posterior a Hesíodo llamado Heródoto, quien siempre abogó por  una idea que se ha repetido una y otra vez a lo largo de los siglos, sin mucho éxito por lo que llevamos visto: que aquellos pueblos que desconocen su historia están condenados a repetirla. ¡Ojalá que esta vez hayamos aprendido algo, por la cuenta que nos tiene!

UN VIEJO PROFESOR


MI VIEJO PROFESOR

             Hace un mes escribí una carta, a mano, la metí en un sobre y la envié sin saber si iba a llegar a su destino, dado que al no conocer el domicilio  la dirigí al departamento de la universidad en la que hace un par de años se había jubilado como docente el destinatario de la misma, como el mensaje de un náufrago lanzado al mar en una botella. Pero no quería que nadie me salvara de una isla perdida, únicamente se trataba de un folio en el que expresaba el agradecimiento que he sentido por las clases que nos dio un profesor durante dos cursos, los previos a la entrada de la universidad, hace ahora treinta años. Evidentemente, aquel hombre de un pequeño valle leonés no hacía su trabajo con el objetivo de que nosotros sus alumnos se lo agradeciéramos, ni entonces ni años después. Sin embargo, con el tiempo acabé siendo también yo profesor, y siempre pensé que le debía una nota de gratitud no sólo por lo que nos había enseñado, sino también por ser un modelo de persona, que nos animaba a ir a conferencias, recitales poéticos y hasta conciertos. Ya en la facultad asistí a su defensa de una tesis doctoral brillante, y la última vez que nos vimos, a principios de los noventa, acababa de obtener una plaza de docente en la misma universidad en la que yo había terminado ya mi carrera. 
          En los últimos años he seguido, en la medida de mis posibilidades y de mi trabajo, las publicaciones de este buen hombre: varios de sus artículos están disponibles en la red -¡bendita sea internet para poder cultivarse uno y poder seguir admirando a quien realmente se lo merece! -, e igualmente he visto cómo salían a la luz varios de los libros que ha ido escribiendo en los últimos tiempos. Además de todo esto, he tenido la suerte de encontrarme con antiguos compañeros de aquellos años y, al igual que yo mismo, también ellos reflejaron en su conversación la huella dejada por el profesor, la admiración que produjo en ellos aquellas clases matutinas que despertaron en nosotros el ansia de aprender las historias de la mitología grecolatina, de bucear en los dramaturgos griegos, de comenzar a pensar por nosotros mismo a partir de las ideas de los primeros filósofos de Europa que se llamaron a sí mismos con esa noble palabra, un tanto devaluada en nuestros días en mi opinión.
            Pues bien, hace un par de años leí un texto de un no muy antiguo pupilo de este docente, en algún tipo de celebración o festejo por su jubilación, y en él venía a reconocer algunas de las virtudes que sus antiguos alumnos siempre vimos en él: un amor por el saber, para que el que nada humano le era ajeno, una capacidad pedagógica a prueba de bombas, un respeto por sus alumnos que no era lo más habitual, pero también un afán por estudiar los orígenes de su terruño, de forma que de ahí nacieron no pocos textos dedicados al estudio de documentos medievales, a la búsqueda de palabras de oscuro nacimiento, a revisar la epigrafía y los restos históricos que se encontraban en su lugar de nacimiento. Y, por último, y no por eso menos importante para mí, que había buscando sus libros de poesía en la biblioteca central de la universidad, aludía a su quehacer como poeta, labor no muy conocida ni reconocida, por más que a buen seguro le proporcionó ratos placenteros al hombre al que me refiero.
          En la época en la que lo tuve como profesor en las aulas no había pizarras digitales, no teníamos los alumnos ordenadores en casa porque ni siquiera existía el concepto “ordenador doméstico”, ni que decir tiene que estaba muy lejos de aparecer internet y si hubiéramos visto las siglas TIC ni remotamente las hubiésemos asociado a nada de lo anterior por la sencilla razón de que nada de ello existía, ni en la imaginación de los más visionarios sabios e inventores contemporáneos. Y, a pesar de ello, se aprendía: éramos más de cuarenta alumnos en la clases, en efecto, se usaban pizarras negras y tiza blanca, se tomaban apuntes y se pasaban exámenes, y la  mayoría de nosotros llegó a la universidad, eso sí, en unos tiempos convulsos de huelgas, asambleas y manifestaciones cada dos por tres.
         Una década después, el que estaba de pie junto a la pizarra negra con la tiza blanca en la mano era yo, delante de un nutrido número de adolescentes en los que debía intentar, con esfuerzo, humor, y muchas, muchas horas, despertar el amor por la lectura, la pasión que yo sentía por el teatro, por poemas como aquellos que aquel profesor escribía seguramente robando el tiempo a su familia y al absorbente trabajo de preparar clases, corregir trabajos, pensar en salidas extraescolares, etcétera, etcétera. Y durante años y años el recuerdo del viejo profesor quedó relegado a un segundo plano, como los juguetes de la infancia en el desván de la casa de los padres, los cuadernos con poemas adolescentes escondidos en los baúles de la abuela o las cartas de amigos a los que el tiempo separó para siempre de nosotros.
        Pero los recuerdos, cuando de verdad merecen la pena, acaban por aflorar a nuestra memoria, y la mención de su apellido, en boca de un alumno que también lo llevaba, pese a ser bastante infrecuente, me trajo a la mente los años de la adolescencia, el despertar de tantas cosas  y la voz y la presencia de aquel profesor. Desde entonces leí sus artículos en la red, sus libros cuando pude conseguirlos y, finalmente, como decía al principio, creí que él debía de saber de nuestra admiración y del éxito de su trabajo en nosotros, de forma que cogí la pluma y me puse a escribir esa carta, a mano, lo que no hacía en diez años al menos. Y confío en que le llegue.